miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Museo Naval de Ámsterdam (Scheepvaardtmuseum)

Esta entrada llevaba casi un mes en estado de borrador porque no había tenido el rato (ni la energía) para cargar las fotos, y por fin ayer lo actualicé todo y aquí va. Con muchas fotos, que algunos que yo me sé dicen que no lo leen porque "es mucho texto y poca imagen".

Desde que pasamos por delante de camino a recoger las bicis al poco de llegar, habíamos querido ir a ver el Museo Naval, que ha sido remodelado recientemente e incluye la visita a una répica de un barco de la edad de oro de los Países Bajos (el siglo XVII); y como el último jueves antes de empezar a trabajar era el último día de diario para ir a verlo, allí nos dirigimos a echar la mañana. Estaba a muy poca distancia del apartamento en el que nos estábamos quedando antes, y nos plantamos en la entrada en un pispás a primera hora. Con las Museum Kaart (alabadas sean una y mil veces) la entrada es gratis y con esto amortizamos ampliamente las tarjetas en cuestión ese mismo día.

La fachada oeste del edificio desde el barco Ámsterdam

El museo está en un edificio de estética muy diferente a las típicas casas de Ámsterdam. Se trata de un edificio exento, cerca del Entrepotdok, que se hizo con los dineros de las navieras y con la intención de mostrar el poderío de la marina mercante holandesa; fue el edificio sede de la Marina y arsenal (en el patio central se almacenaba la artillería) durante más de tres siglos, hasta los años 70 del siglo pasado. Es de estilo neoclásico y el año pasado lo estaban limpiando, estaba media exposición nada más, y por eso no lo visitamos; algo de lo que ahora me arrepiento porque es muy recomendable, tanto si te gusta la Historia como si te tiran los temas marinos o la arquitectura. La reforma incluyó no sólo limpiarlo todo y modernizar las instalaciones, sino también cubrir el patio con una enorme cubierta de vidrio que me recordó a lo que han hecho en el British Museum, pero en menor escala.

Patio central cubierto

Para no estirarme demasiado, comentaré sólo un par de cosas que nos gustaron más. La exposición se divide en alas del edificio (ala este, ala norte...) y estas a su vez en temas, así que es fácil organizarse y verlo todo en una mañana; no es un museo pequeño de los de una hora, pero tampoco es como el naval de Greenwich que tras tres visitas aún no he logrado ver entero y me desborda un poco. Este tiene una escala muy cómoda y con niños sigue siendo ameno. Empezamos por las salas con efectos náuticos (sólo por las dos salas de mascarones y adornos de barcos, ya vale la pena), los globos terráqueos y los artefactos de navegación, que están muy bien expuestos y explicados. También nos gustó mucho la parte que se centra en el puerto de Ámsterdam (con maqueta gigante incluida, que permite ver todo el IJ hasta el mar y hacerse idea de las distancias y tamaño de la ciudad y su puerto) y la exposición temática sobre la pesca de ballenas. Aquí se han lucido porque han combinado de todo: maquetas, audiovisual, juegos interactivos, datos curiosos y sobre todo una cabeza de ballena en fibra de vidrio en la que los críos pueden meterse y mover el globo ocular o pisar la lengua acolchada.

Mascarones de proa

Sin embargo, lo mejor del museo está fuera, y es la reproducción del barco Ámsterdam, un indiano oriental (barco de la famosa Compañía Holandesa de las Indias Orientales). Te puedes pasear por todo el barco y han recreado cómo iban las mercancías en la bodega, cómo era el cuarto (o más bien el armario) del cirujano de a bordo, o cómo vivía el capitán. A nosotros nos encantó y ayuda a hacerte idea de cómo iba esa gente por el mundo con sus mercancías, que no es lo mismo ver una peli en la que el comedor del capitán parece una sala de baile con enormes espacios vacíos y techos altos, que ver la diminuta escala que tenían realmente para comer o dormir. Obviamente lo importante era la carga y la bodega está optimizada, mientras que en la zona de los marineros se metían doscientos tíos como sardinas en lata a hacer vida durante meses y meses. En el barco nos encontramos con un señor extremeño que visitaba el museo con una amiga holandesa, y nos comentó que le pasmaba que un país que cabría holgadamente en Extremadura hubiese tenido el control del comercio marítimo durante tanto tiempo. Intercambiamos un par de recomendaciones de comida y museos de la ciudad y nos vimos un par de veces antes de salir del museo. Lo último que visitamos fue la tienda, que está muy bien montada y decorada y por supuesto vende todo tipo de chorraditas con tema náutico; la parte de los niños está especialmente bien.

Zona del muelle desde el Ámsterdam, con un tubo
de plástico para que los niños "caminasen" sobre el agua

En resumen, un museo estupendo y bastante céntrico que se puede combinar con una visita al NEMO, que está muy cerca, aunque como ambos son de pago recomendaría llevar la Museum Kaart o alguno de los abonos turísticos o la cosa sale por un ojo.

Vista del Nemo desde el barco Ámsterdam

martes, 25 de septiembre de 2012

Plastificada

Tras mucho meditarlo, finalmente ayer me compré el traje-pantalón plastificado en favor del poncho plasticoso. Aquí estas cosas se encuentran en el HEMA, la tienda-institución holandesa por excelencia, donde por 14 euros consigues una bolsa muy maja con un pantalón con banda reflectante incluida, y una chaqueta que hasta tiene bolsillos y capucha, en plástico resistente. Había pensado comparar varios sitios (ya había visto el HEMA y el Decathlon) pero un compañero tulipán me dijo que ni me lo pensara, que era una prenda horrenda pero imprescindible y que por debajo de ese precio no hay nada que aguante dos asaltos pluviales. Así que ayer, según me bajé del minibus y vi que empezaba a caer la del pulpo, ni corta ni perezosa me metí en el HEMA de al lado de la estación y adquirí mi "bolsa de plástico sobrediseñada" como la llama otro compañero. Dudé para la talla pero el dependiente, holandés medio de más de metro ochenta, me aconsejó que comprase la mediana porque así me quedaría grande y me cubriría parte de los zapatos o la gabardina. Una mide metro sesenta y ocho, mediana en España, pero aquí en Tulipandia entra en la categoría inmediatamente superior a pigmeo; así que le hice caso y efectivamente, me queda un poco grande pero así no voy hecha una morcilla reflectante, sino holgada y cómoda. Resultó ser una compra estupenda porque ya llevo dos días, dos, usando el conjuntito en cuestión. Es como ir metida en una tienda de campaña, pero una tiene poco sentido del ridículo y además con un simple vistazo alrededor comprobé que la gente se plastifica como puede y les da igual ir como bolsas de basura sobre ruedas si van secos. La alternativa es quedar hecha una sopa en cinco minutos de pedaleo, así que a la porra la estética.

El otoño ya llegó, está claro. Los parques empiezan a coger color, los días son claramente más cortos y hace cada vez más frío; yo cuando salgo por la mañana me pongo guantes para que no se me duerman las manos en el manillar, y la bufanda la llevo puesta hasta que entro a la ofi. El otro día ya saltó la calefacción de casa, aunque sólo un ratito, lo cual significa que hemos bajado de 15º C. El tema del clima tulipán empieza a ser cansino a la hora de comer, con odiosas comparaciones entre los climas mediterráneos y los nórdicos, cosa que por supuesto no es muy comparable (pero en mi trabajo hay mucho español e italiano nostálgico). Por supuesto las actitudes varían, pero hay consenso en que lo peor no es el frío, sino la falta de luz. Algunos recomiendan la famosa lámpara efecto solar, algo que creo que he oído mencionar a mi cuñao el de Torontontero (Oh Canada, Si lees esto, por favor dame datos, que no tenemos referencia), así que habrá que pensárselo. Para tranquilidad de mi madre, diré también que ya estoy tomando vitaminas por si ataca el bajón otoñal que me pille vitaminada y mineralizada.

Nosotros, como decía en el anterior post, hemos decidido que nos va a gustar la lluvia. Es la única manera de enfrentarse a varios meses de chaparrón casi a diario, y además el país es como es porque tiene el clima que tiene, que todos sabemos que los climas y las idiosincrasias van unidos. Me vale con recordar lo que era ir a trabajar con 34ºC a las 9 de la mañana en Las Américas cuando todo el mundo iba a la playa y yo cargaba muestrarios bajo el sol, para apreciar el fresquito de Ámsterdam, que ni sudas tras veinte minutos de pedaleo energético. Y cuando te equipas como es debido, la vida sigue. Hoy mismo han estado los chicos en la plaza del barrio practicando con la bici nueva de Javi, que está encantado y muy dispuesto a practicar todos los días un poquito aunque caigan chuzos de punta.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Dos fines de semana

Desde que he vuelto a tener una rutina oficinil, he retomado las sensaciones que todo currante conoce: la euforia de la llegada del viernes, el subidón del sábado por la mañana con dos días enteros por delante para hacer lo que a uno le dé la gana, y por supuesto el bajón del domingo por la tarde (duplicado si el día está gris, algo frecuente aquí). Así que los sábados y domingos intentamos que sean días que cundan lo máximo posible, aunque por otra parte a veces estoy tan cansada que lo único que me apetece es atrincherarme dos horas en el sofá con un libro, cosa que con dos críos es un lujo que no puedo permitirme a menudo (el cansancio también se debe a que la nena se sigue despertando varias veces por noche, y eso significa que llevamos más de diez meses sin dormir del tirón).

Para que luego hablen del tiempo holandés:
canal un sábado de septiembre por la mañana.


El fin de semana pasado

El fin de semana pasado nos fuimos a pasear por la ciudad, con la excusa de ir a comprarle a Javi un libro en la librería americana. Lo habíamos visto hace un mes y decidimos comprárselo por fin, sin esperar a que vengan los Reyes, porque el pobre lo ha pedido varias veces y la verdad es que no hemos traído muchos juguetes, además de que se entretiene horas con este tipo de libro: es de recortables de los de montar en tres dimensiones, 50 monstruos y 10 más que el niño puede inventarse y colorear. Podéis verlo aquí. A mi hijo hace ya un par de años que le encanta lo de montar bichos de papel, y se ha vuelto mañosísimo con esto; nada más venir se puso con un kit de cinco dragones que terminó en un pispás y enseñó orgulloso a todo el que llamó por Skype en agosto (varias veces en el caso de los abuelos). Así que fuimos en bici hasta el centro, aparcamos y paseamos por la zona, con parada para el café incluida y una visita al patio de las beguinas. El Begijnhof o beguinato (si es que se dice así en español) es un conjunto de casas para las Beguinas, mujeres que sin haber tomado los votos para monja, llevan una vida retirada y semi-religiosa. Antiguamente era una opción habitual para viudas o mujeres solas, que podían así dedicarse a hacer trabajos de caridad o artesanía viviendo en comunidad y con sus propias normas. A diferencia de las religiosas, las beguinas pueden dejar su comunidad para casarse. Los beguinatos tienen siempre una pequeña iglesia o capilla y se pueden visitar los que quedan (en Holanda y Bélgica; por ejemplo, hay uno precioso en Brujas, apartado del centro). Vale la pena verlos porque suelen ser preciosos, con jardines y placitas centrales con flores, y si tienes suerte y no hay mucha gente es mejor aún. Es normal ver a alguna de las beguinas en su jardín o yendo a la capilla; lo único que se pide, por lo menos en el de Ámsterdam, es que no se saquen fotos (algo que la mayoría de turistas se pasa olímpicamente por el forro) y que no se traspasen algunas de las zonas más privadas (lo mismo, como sólo ponen una barrerita simbólica hay mucho salvaje que se la salta para poder inmortalizar el trocito privado de los jardines).

Una de las entradas al Begijnhof.
Quien quiera ver el interior, que venga de visita.

El de Ámsterdam está en pleno centro pero muy escondido, y si no se busca expresamente es fácil pasar ante las entradas sin verlas (hay dos). Es mejor ir muy temprano para evitar las manadas de turistas. La ciudad está llena de ellos, como es lógico, pero los que se meten en el beguinato me ponen de peor humor porque pasan olímpicamente del concepto de respeto y se ponen a sacar fotos de todo lo que se mueve, gritan, tiran colillas en los senderos y se pasean por la capilla haciendo ruido. Soy una cascarrabias con estas cosas, y como no van a ir a mejor, lo que hago es evitar las horas punta para ir a estos sitios. Me he dado cuenta de que los turistas que más madrugan son los españoles con mucha diferencia, no sé si porque se levantan antes o porque se saltan el desayuno y son los primeros en llegar a la calle; si uno va a los sitios a las nueve sólo se encontrará a un puñado de compatriotas y poco más, así que vale la pena madrugar porque no hay color entre ir a las 9 e ir a las 11 a un sitio conocido de la ciudad.

Compramos el libro en el American Book Center y aprovechamos para babear con muchos otros de los que tenían en la planta baja (a la alta ni subo porque me dedicaría a dilapidar el patrimonio familiar). Había una jornada del manga o algo similar, porque cuando llegamos estaban montando mesas dentro y fuera de la librería y al poco empezaron a llegar críos vestidos de lolita gótica y de Pokémon.

Fans del manga en la zona de revistas del ABC

El domingo habíamos quedado con los mallorquines que conocimos en el IKEA para ir a un mercadillo. Desde hace un mes, estoy suscrita a la e-newsletter del Sunday Market; este mercado se celebra a lo grande el primer domingo de mes en el Westerpark pero hay otros más pequeños los demás domingos, y lo van cambiando de lugar. El de este segundo domingo de mes era en una zona industrial al noreste de la ciudad, no lejos del museo marítimo; así que nos pusimos de acuerdo y nos vimos allí con esta pareja y su hijo. El sitio elegido para el mercado es una explanada que tiene a un lado un solar destartalado y al otro una serie de almacenes industriales abandonados. En uno de ellos, gigantesco, había una misteriosa turbina de avión; en otro habían montado un bar de copas en plan industrial, amueblado con sofás viejos y sillas de avión. Luego me enteré por una compañera de la ofi de que de noche es el no va más y todos los días se llena de gente de marcha porque como está en medio de zona de almacenes el ruido no molesta a nadie. Por supuesto como buena actividad de domingo holandesa había una zona para niños con una especie de playita de arena y un barco de hierba para que los críos brincasen y a la vez se jugasen la vida. Ahí se dirigieron mi hijo y su nuevo colega a tratar de romperse la crisma o caer al canal.

Salto del muelle al barco de hierba


El mercado tenía varias cosas de artesanía, algunos puestos de comida y casetas con teatro y una especie de happenings extraños. También había un puesto de masajes con sus inciensos y toda la parafernalia. Todo muy hippioso e informal. En el anterior mercado había holandeses y guiris expatriados a partes iguales, pero en este caso todo el mundo excepto nosotros era holandés. No compramos nada (los precios en general eran altos) pero el paseo fue agradable y comimos unas pitas y nos echamos unas risas. Tras el mercado nos fuimos dando un paseo hasta el museo marítimo y la terraza del Nemo, y nos tomamos unas cañas en un bar de la zona.

Bar en nave industrial cerca del Entrepot Dok


Este último fin de semana


Ayer sábado por la mañana hubo debate sobre qué íbamos a hacer. Javi llevaba toda la semana pidiendo ir a la piscina Mirandabad, a la que no habíamos vuelto desde aquella vez en verano, cuando colgué la foto de los toboganes. Yo estaba frita por callejear y que me diera el aire, tras una semana metida en salas de formación; así que nos dividimos y los chicos se fueron a flotar y yo me di un largo paseo por la ciudad con Irene, a pie.

Canal a las nueve de la mañana

Hacía una mañana estupenda y era aún muy temprano, las tiendas estaban cerradas todavía. Fresquito ya se nota, así que pasear es muy agradable, y no hay aún hordas de turistas. Llegué a la altura del mercado de flores, el Bloemenmarkt, que suele ser un horror imposible de atravesar y normalmente evito: está hasta arriba de turistas y no se ve nada. Pero como a las nueve de la mañana sólo hay cuatro españoles fue un paseo tranquilo y hasta pude ver lo que se vendía en cada puesto. Quizá porque ya lo he visto muchas veces o porque siempre está abarrotado, el caso es que es uno de esos sitios famosísimos que se supone que es imprescindible ver si se viene a Ámsterdam, pero que no me tira nada. De hecho, lo que más me gusta del mercado es una tienda de grabados antiguos llevada por un hombre y su inseparable perro, donde el año pasado compramos unas láminas preciosas de corales y de peces (de qué iban a ser) y que recomiendo al que le gusten estas cosas. También hay un restaurante indonesio muy bueno a la mitad del mercado, donde comimos con una amiga que vino desde Bruselas.

Imagen de puesto típico de bulbos 
antes de la hora de la marabunta turística
 
Luego giré hacia el Dam, donde como siempre había varios acontecimientos en marcha (algún tipo de carrera por la salud, patrocinada por el ayuntamiento y en la que regalaban manzanas a los participantes), muchas estatuas vivas de estas que ahora se ven tanto (y al menos dos son españoles, que les oí charlando antes de ponerse en pose) y se empezaban a ver grupitos con guía aquí y allá. También empezó a llover, pero como una ya se conoce el percal iba equipada y seguimos el paseo convenientemente impermeabilizadas. Llegamos a casa a las once, justo a tiempo para coincidir con O y G, unos amigos que acaban de expatriarse también y han decidido empezar de nuevo en Tulipandia. Por alucinantes casualidades de la vida, ya que no tenían nuestra dirección, el apartamento que han encontrado para sus primeros días está justo enfrente de nuestra casa y nos vemos cada dos por tres por el barrio, una situación de lo más surreal cuando llevas un mes sin ver caras conocidas y de repente vuelves a tener cerca a amigos que te hablan en tu idioma. Es agradable pero rarísimo porque estás aquí, aún adaptándote a la idea de que esta es tu ciudad, y te encuentras en el super a amigos que relacionas totalmente con tu antigua ciudad. Quedamos en cenar juntos a horas tempraneras y nos despedimos hasta más tarde. Luego yo me quedé en casa con una serie de trabajillos de diseño que tengo pendientes, y los chicos llegaron al rato con el pelo aún clorado del Mirandabad. Comimos, echamos siesta y salimos de nuevo al centro a pasear hasta la hora de la cena con los amigos, que fue estupenda y encima comodísima porque sólo tuvimos que cruzar la calle para llegar. El de ellos es un apartamento antiguo y en un piso alto con las ya clásicas escaleras alpinistas holandesas, muy acogedor y grande. Charlamos hasta que los críos estaban ya demasiado cansados para ser una compañía agradable y nos volvimos para casa.

Hoy domingo teníamos pendiente ir a por la bici de Javi, que he conseguido por 15 euros de segunda mano en Marktplaats (tres hurras por Marktplaats) y también nos acercamos al Decathlon a ver el tema de chubasqueros, pantalones de agua (imprescindibles, según me dice todo el mundo) y botas de agua, además de prendas térmicas. La visita al Decthlon no fue especialmente divertida pero el paseo hasta allí sí es agradable porque vas viendo prados y zonas industriales modernísimas, alternando caballos y garzas con rascacielos ultramodernos. No hubo sorpresa y lógicamente la parte más extensa del Decathlon es la dedicada al ciclismo (seguida del trekking o senderismo), pero me sorprendió la cantidad de metros dedicada a la hípica, y al pobre Alejandro le chafó ver que aquí la pesca está por debajo, en popularidad, al hockey sobre hierba o el golf.

El Decathlon está al pie del famoso estadio ArenA, sede del ultrapopular equipo Ajax de Ámsterdam, y es un edificio impresionante que espero poder ver alguna vez por dentro porque por fuera te deja pasmado. Es monstruoso, gigantesco. Alrededor han hecho una zona de recreo a lo americano, donde las familias pueden ir a echar el día comprando, yendo al cine y comiendo porquerías; a mí personalmente me horripilan este concepto de zona de recreo y creo que se da de patadas con el espíritu holandés de tiendecitas pequeñas y de barrio, jardines en los que sentarse es gratis y las cafeterías destartaladas y acogedoras, pero para gustos hay colores, además de que para algunas cosas puntuales resuelven (véase IKEA, Media Markt o Decathlon). Por supuesto abren en domingo, solo que más tarde que los demás días. Volvimos en bici y Alejandro fue a buscar la bici de Javi en un momento. La señora que la vendía la había puesto en subasta, así que yo empecé ofreciendo 15, me sobrepujaron a 20 y subí a 25. Cuando Ale fue a pagar los 25 eurolos, la señora le dijo que se la dejaba en 15 porque decía que ese primer precio ya le había parecido justo (alucino con esta gente, en serio). El resto del día estuvimos haciendo vida familiar en casa y mentalizándonos para la llegada del lunes.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Y siguen volando las semanas

Las semanas siguen corriendo y llevo días y días sin pasar por aquí ni escribir nada. La verdad es que llego a casa derrotada y no tengo mucha energía, pero además hemos tenido una serie de novedades familiares (de las preocupantes) y estamos un poco descolocados. Intentaré retomar el ritmo en unos días y volver a colgar fotos e información.

Por lo pronto sigo yendo a trabajar cada día, tomando el minibus de la empresa y combinándolo con la bici. Atravieso a diario el Beatrix Park, con sus ardillas y sus patos. Es una gozada y de momento no me cansa, lo disfruto hasta con lluvia. Cada vez llueve más a menudo, pero de momento no ha sido nada del otro mundo. Al final es lo que dice un compañero mío holandés, la clave está en decidir que la lluvia y el fresquito te gustan y que la vida sigue aunque caigan chuzos de punta. Veo muchos compañeros de países cálidos, y se empeñan en comparar su clima con el de aquí, con la consiguiente depresión. Nunca vamos a tener en Holanda el clima de Italia, España o el sur de Francia, así que no vale la pena obsesionarse; con la comida igual. Mi actitud es que hay que verle lo positivo y no cerrarse en lo asqueroso que es que llueva cada dos por tres. Al fin y al cabo, el país es tan verde por el clima que tiene, y la comida es regular o mala (sobre todo si lo comparamos con la nuestra), pero tienen sus cosas buenas y con esto de la globalización es fácil comer otro tipo de comidas. Incluso hay varias tiendas de alimentación españolas. Así que no nos vamos a obcecar con la comida y el tiempo... y dicho esto voy a buscar los guantes porque mañana cojo la bici con ellos puestos para que no se me hielen las manos.

Otra novedad importante es que una pareja de amigos nuestros han liado el petate también y se han venido a Tulipandia. Llegaron el lunes y ese mismo día cenamos con ellos para intercambiar información y celebrar su llegada. Es curioso, cómo en sólo un mes y pico dejas de verte como "recién llegado" y cambia completamente tu enfoque de tu nueva ciudad, sobre todo cuando ves a gente que acaba de llegar y recuerdas tooooodo lo que tuviste que pasar tú, desde la toma de decisión a la compra de billetes o la despedida de la familia y los amigos. Para mucha gente de mi oficina sigo siendo alguien que acaba de llegar al país, pero muchos de ellos sólo están aquí desde enero; luego conoces a gente que llegó hace 30 años y nunca volvió, y curiosamente hay esa extraña química entre gente que no tiene mucho en común salvo haber salido de su país para ir a buscarse la vida a otro, siempre con la sensación de descoloque inicial tanto si ya venían con trabajo bajo el brazo como si llegaron con lo puesto y empezando de cero. También por ese punto común es muy fácil iniciar conversación con otros "expatriados", ya que sólo con hablar de las batallas con las inmobiliarias, las costumbres locales o el clima ya tienes para horas de conversación.

En fin, ya estoy divagando... el resumen de los últimos días sería que cada vez nos adaptamos un poco más, que las cosas van saliendo y que seguro que vendrán momentos duros pero en general seguimos pensando que hicimos bien en venir. En breve tendremos la visita de la asistente social que nos explicará todo el tema de las guarderías, algo que aún no hemos solucionado, y así poco a poco esperamos tener en unos meses un ritmo de vida normal.

(Aprovecho para decir que mucha gente nos cuenta que lee el blog, pero muy poquitos comentan, ejem ejem)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Cambio de ruta

Llevo tres días de semana laboral y las cosas van bien, sin prisa pero sin pausa. Le he cogido el ritmo a ir a la ofi. La semana anterior iba andando hasta el metro y luego éste me dejaba a unos 7-10 minutos de mi ofi, pero a final de semana me enteré de que la empresa pone un minibus gratuito cada 20 minutos desde la sede a una de las estaciones de metro/tren más importantes y que por suerte está a 3 km de casa, así que lo que estoy haciendo es ir en bici hasta dicha estación y de ahí al trabajo en el minibus. Suelo encontrarme siempre a alguno de los compañeros del departamento, lo cual está también muy bien porque vas conociendo gente y enterándote de cómo funcionan las cosas. Es muy puntual, además. Así que además de recortar gastos, hago parte del recorrido en bici y en el mismo atravieso un canal, un parque y varias calles preciosas.

La bici la dejo en una de las muchas zonas que hay preparadas para los cientos de ciclistas que usan una combinación de bici y transporte público. La zona que uso es de las ultramodernas, rodeada de rascacielos en una plaza enorme. De momento no me han mangado la bici aún (algo que al parecer es requisito imprescindible para ser considerado un verdadero residente, aparte de comer con la famosa leche semicuajada), y ahí voy tan ricamente a diario con mi iPod enchufado en las orejas y el bolso colocado en el asiento de Irene.

Típico parking de bicis

La otra "novedad" es que ya estamos en otoño. Todos los días está lloviendo un poquito, nada serio aún, y ya se ven varios árboles que empiezan a perder hojas. El parque que atravieso a diario de ida y de vuelta es el Beatrix Park, y es una gozada. Ayer se me cruzó una ardilla (raras de ver por aquí) y hoy cruzó volando ante mi bici una pareja de patos. A lo mejor llega un día en que me parezca normal y ni me fije, pero hoy por hoy me encanta cruzar parques de camino al trabajo, usar la bici y ver bichos en medio de la ciudad.

Javi sigue con sus días de cole y está muy contento. De momento no ha traído deberes a casa, cosa que debe estar al caer, pero nos va contando lo que hace y con quién juega cada día. En breve nos tocará el tema médico, aquí es como era en España cuando yo era niña: el cole se coordina con el servicio de salud y les van a vacunar entre clases. Me parece fenomenal porque así evitas el rollo que es sacar al niño a media mañana del colegio para que le vacunen en el centro médico. Desde que tu niño tiene un BSN (el famoso número fiscal-seguridad social) te empiezan a enviar cosas; ayer tuve que sentarme y con mucha calma traducir las vacunas que ya tiene para poder rellenar su ficha para la SSocial de aquí (te envían un formulario y un sobre prefranqueado). Se supone que lo siguiente es que venga una asistente social a casa, a contarnos cómo funciona el tema de las guarderías, y así podremos ver cómo hacemos con la niña para trabajar ambos y poder organizarlo todo.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Semana agitada

Los que pasan a menudo por aquí habrán visto que hemos bajado la frecuencia de las entradas. Esto se debe a que como ya he empezado a currar, tengo mucho menos tiempo, pero es que además llego molida y sin mucha energía para ponerme a escribir. Se suma que encima me da un poco de apuro ponerme a hablar del trabajo, por si acaso, y es una pena porque habría unas cuantas anécdotas que poner, pero qué se le va a hacer.

Ha sido una semana intensa porque además Javi ha empezado ya con el cole y por supuesto, está también la casa, que como nos acabamos de mudar aún nos tiene de reajuste y pendientes de las chorraditas que hay que buscar y arreglar para estar cómodos: que si falta una sartén, que si no tenemos paños de cocina, que si alargador, etcétera.

El viernes, que por fin terminaba la semana, teníamos visita: venía K a cenar y a darnos una clase magistral de cocina india. Vino además una vecina suya malaya, así que fue una cena bastante improvisada y divertida. Si llego a estar menos cansada habríamos estado de cháchara hasta más tarde seguro. Ahora ya sabemos preparar samosas y un estofado de carne con fruta que estaban para chuparse los dedos. Va a ser útil preparar comida en porciones fácilmente transportables, porque tanto Javi como yo comemos fuera todos los días y aquí los coles no tienen comedor, sino que los niños se llevan la comida de casa a diario (y sí, ya he oído que en algunos lugares de España esto empieza a ser un problema porque los coles quieren cobrar a los niños que llevan el tupper de casa. Aquí es al revés, piden que lo hagas porque nadie se complica la vida con cocinas y servicios de catering).  En los coles holandeses todos los críos llevan sandwiches de queso (y si son muy atrevidos, también con jamón) y lo bajan todo con leche; en el de Javi hay mucho niño extranjero y algunos llevan comida de verdad. Javi contaba que casi todos llevaban sandwiches pero él llevó pollo empanado, otra niña llevó albóndigas o algo similar, y zumo en vez de leche).

En mi comedor he podido ver de todo con el tema de comidas, pero he confirmado que es cierto lo que cuentan todos los españoles emigrados aquí, que es que los holandeses acompañan sus comidas con leche. Y no cualquier leche... sino la temida y famosa karnemelk, que es leche no procesada y con trozos de nata flotando, como un punto intermedio entre leche y mantequilla. Cuando lo vi en directo casi me da algo: tíos vestidos de ejecutivos comiendo bocatas y bebiendo una especie de leche cortada con grumos... ajjjjj. Creo que podré adaptarme a muchas costumbres de Holanda pero esta no va a ser una de ellas.

Toda la semana habíamos hecho un listado de cosas pendientes para la casa y la primera de la lista era un sofá cama para visitas. Aprovecho para decir que mi madre será la primera en venir y por tanto los demás os habéis quedado sin el premio de una cerveza en una de las plazas populares de Ámsterdam, pero podéis venir de todas maneras, ¿eh?

El Amstel, la mañana de un día de mucho calor.

En fin, ayer sábado salimos tempranito de casa y como el día estaba precioso decidimos que al IKEA nos íbamos en bici, como tiene que ser. En el plano parece lejos pero son 25 minutos cronometrados, y vas viendo campo y edificios de oficinas alternativamente; no se hizo nada pesado. La idea era estar el tiempo justo, pero al poco de entrar se nos acercó una pareja a preguntarnos si éramos españoles, y cuando les dijimos que sí se alegraron mucho porque no conocen a demasiados (viven fuera de Ámsterdam); tienen un niño de la edad de Javi y acabamos todos en la cafetería intercambiando información y horrorizándonos juntos de cómo funcionan las inmobiliarias aquí, pero también comentando la pasada que son los parques y lo bien orientado que está todo para los críos. Son mallorquines y llevan aquí una semana más que nosotros. Al final intercambiamos móviles y mails y seguramente nos veremos de nuevo. Uno se va de su país preguntándose cómo será estar sin sus amigos y sin conocer casi a nadie y en un mes te das cuenta de que has ido a cumpleaños, fiestas, cenas/comidas/meriendas, has conocido gente en el metro y en el ferry, has hablado con vecinos y te sabes todos sus nombres y profesiones... vamos, que no es tan duro. Por supuesto ayuda tener ya una pareja de amigos en el lugar, pero no es tan complicado como parece. Y si a eso le sumas los compañeros de trabajo, en un pispás tienes vida social de nuevo.

Retomo. El IKEA es por supuesto igualito que el de allí, con los mismos productos solo que más grande y con más gente. Hay ligeros cambios en cosas como la cafetería, pero por lo demás es tal cual. Así que elegimos lo que queríamos y encargamos que lo trajesen. Aquí, como muchísimas casas son sin ascensor, el tema de que te lleven las cosas es por franjas de peso (hasta 50 Kg cuesta tanto, de 50 a 100 tanto otro...) pero luego le tienes que sumar otra tarifa por cada piso que los sufridos repartidores tengan que escalar, y ahí es cuando me alegré de no vivir en una planta demasiado alta. Lo increíble es que eran ya las 5 de la tarde cuando hicimos el pedido y la chica me preguntó si podía ser de ocho a once. "¿De ocho a once? ¿Cuándo?", dije yo. "Hoy, esta noche", contestó. Me quedé a cuadros. En el IKEA de allí (al menos el de Tenerife, no sé cómo será en otros) es prácticamente imposible que el mismo día tengas los muebles contigo, a menos que el transportista seas tú mismo, claro. Dijimos que por supuesto, pagamos, nos volvimos en bici, salimos a un paseo por el parque (donde nos encontramos a la profe de Javi porque vive también por aquí) y a la vuelta sólo tuvimos que esperar diez minutos y los tíos estaban aquí con los paquetes. Ni se inmutaron al ver nuestras escaleras -al fin y al cabo habrán visto cosas peores aquí-, subieron todo en cinco minutos y se largaron. Yo sigo asombrada, la verdad.


Hoy domingo hacía de nuevo un día de sol radiante y nos fuimos hasta el centro. Aparcamos las bicis cerca del barrio rojo y dimos una buena vuelta por la zona centro. Hace una semana no me habría apetecido nada, pero tras cinco días de estar en interior necesitaba parques y calles al aire libre, y dejamos el museo de turno para otra semana. Por una vez me encantó ver todo hasta arriba de gente. Además volvimos a ver que en cuanto salen unos rayitos de sol (hoy hacía MUCHO sol), la gente coge cualquier cosa que flote y pasan el día en los canales viendo la vida desde sus barquitos y bebiendo cerveza con los amigos. Los parques, a tope también, y las terrazas animadísimas. También ayuda que aquí haya bastante libertad de horarios para el comercio y muchas cosas abren en domingo a diferentes horas del día (muchos a cambio cierran en lunes, o el domingo abren menos horas; también es habitual que algún día de entre semana cierren más tarde que los demás. Por ejemplo, el jueves hay tiendas que abren hasta las ocho cuando los demás días cierran a las seis).

Canal cerca del Barrio Rojo

Comimos en casa y luego nos fuimos al Beatrix Park ya que nos habían invitado a nuestro primer cumpleaños en Tulipandia: el de la madre de la mejor amiga de Javi en el cole (ya sé que lleva 3 días de cole, pero los críos son así, hacen amigos a la velocidad del rayo). El cumple era en plan picnic "y que cada uno lleve alguna cosa"; la anfitriona ponía una serie de platos brasileños que estaban bastante bien, sobre todo unas croquetas gigantescas de pollo y maíz. Alejandro preparó sendas tortillas de patata y allá que nos fuimos con los críos. La cumpleañera trabaja también en una empresa multinacional así que en la fiesta-picnic había rumanos, franceses, italianos, holandeses, brasileños y alguna nacionalidad más que no nos enteramos; estuvo muy bien, la verdad. Todo el mundo había llevado mantas de picnic y ocupamos un trozo de prado en el parque, con los críos brincando por la zona y echando carreras o montando en sus bicis. En mi caso, estuve de cháchara con un holandés (¡al fin! parece que sólo conocemos gente de fuera) y me estuvo comentando cosas sobre las elecciones, que son ahora el día 12, y algunas curiosidades sobre leyes del país y sus sistemas de cultivo (por ejemplo, que Holanda es el mayor productor de tomates de Europa, pero ellos mismos reconocen que no saben a nada y que los nuestros o los italianos les dan mil vueltas). Como a todos los holandeses le asombró que nos gustasen los arenques e intentó convencernos de que la karnemelk sí que es apta para el consumo humano, pero esa es una batalla perdida, me temo.

Tras esto, volvimos a casa a pedal. En el camino de vuelta pasamos por unas cuantas zonas de terrazas y plazas con restaurantes y estaba todo animadísimo. Me encantó. Ya, ya sé que luego hace frío y anochece a las cuatro de la tarde mientras en Canarias la gente está en la playa, pero días así son los que luego recuerdas cuando estás semicongelada y el tiempo está gris. Las calles estaban a tope, cosa que no se puede decir de cualquier ciudad un domingo por la tarde (y esto va por sitios como Viena, donde los domingos son tristísimos y no se ve un alma). Llegamos a casa, aparcamos las bicis y a preparase para otra semana intensiva, en la que además parece que el tiempo va a cambiar y por fin empezará el otoño.

martes, 4 de septiembre de 2012

Empezando en una nueva oficina

Como he comentado en el blog, ayer lunes era el primer día del nuevo trabajo. Como se trata de una multinacional y he tenido incluso que firmar acuerdos de confidencialidad, privacidad y demás, no me atrevo a contar mucho detalle porque ya ayer nos dieron una charla sobre datos privados y demás, así que ni voy a nombrar en ningún momento quiénes son, ni pondré nombres, ni nada que me pueda meter en un lío más adelante. Nos dijeron incluso que tienen asesoramiento sobre llevar blogs sin meter la pata, así que mejor ando con cuidado.

Dicho esto, ayer por la mañana me dirigí con los nervios lógicos en el primer día de curro a coger el metro. Tengo varias combinaciones de transporte público pero el metro está sólo a 5-7 minutos a pie desde casa y me deja a otros 8-10 minutos de la ofi tras un trayecto de exactamente 33 minutos, así que lo prefiero porque además no tengo transbordos. A pesar de ser el metro, sólo va bajo tierra hasta la primera estación y luego se convierte en una especie de tren-tranvía por lo que vas viendo la ciudad todo el tiempo. No es nada claustrofóbico. A la hora punta (cuando yo lo cojo) hay sitio para sentarse y no demasiada gente, así que muy bien.

Una de las cosas que más me gustan por la mañana es atravesar un puente sobre el río Amstel. De momento y con el buen tiempo es precioso y me pone de buen humor (ya veremos cuando lo haga entre corrientes de frío glacial). Hoy lo he hecho por segunda vez y me encanta. Aún recuerdo con escalofríos lo que era pasarme más de cinco horas diarias metida en el coche y espero no tener que conducir más, al menos para ir a trabajar. Por suerte puedo tirar de transporte público y hasta de bici para ir de casa al trabajo, un lujo que en Tenerife no es muy habitual.

A lo mejor hago como en la película Smoke 
y saco una foto a diario desde el mismo sitio, 
para ver cómo va cambiando el paisaje con los días.

Retomando la parte laboral... Voy a realizar muchas semanitas de formación, nada menos, y mucha gente me ha avisado que es tediosa pero voy a tratar de tomármelo con la mejor filosofía posible. Por suerte, mucho de lo que se va a tocar en los cursos ya lo conozco de primera mano, por sufrirlo en mis carnes durante años de trabajar con arquitectos, ingenieros y decoradores. La parte de hoy, por ejemplo, ha sido muy interesante y por suerte muchas de las cosas que se comentaron son viejas conocidas.

Aquí el horario es seguidito, tengo 8 horas y media diarias con dos pausas de 15 minutos y una para comer de 45 minutos. El lugar está un poco en medio de ninguna parte, pero como trabajan muchas personas, hay una cantina con servicio de comedor que está muy bien de pinta y precio. Hay platos del día entre 2,50 y 4,50 eurolos, fruta por piezas, yogures, bocatas ya preparados, embutidos y panes para prepararte el bocata tú, varios tipos de sopa, buffet de ensaladas y como diez tipos de pan. Aún así mucha gente opta por traerse el bocata de casa, ya que incluso hay una zona de jardines para comer fuera cuando el tiempo acompaña. Ayer, como no llevaba nada, comí de menú y estaba bien, pero hoy me llevé el bocata y me compré la fruta y yogur allí; iré probando combinaciones.

He ido conociendo a algunos compañeros ya, y aquello parece un anuncio de Benetton. No sé ni cuántas nacionalidades hay, pero en el departamento en el que estoy todo el mundo habla al menos dos idiomas y algunos se manejan en cuatro o cinco. Supongo que aquí es más corriente pero a mí me sigue chocando. Es un poco abrumador, pero también ayuda a ponerse las pilas, en sólo estos dos días me he tenido que poner al día con el inglés y el francés, y voy cogiendo aquí y allá palabras en holandés, que no pierdo la esperanza de entender bien algún día. Y por cierto, aprovecho para decir que si alguien de los que leen esto habla alemán y tiene ganas de venirse a Tulipandia, se lo rifarían porque necesitan al menos dos germanoparlantes (o como se diga).

Lo que se me hace un poco cuesta arriba es la cantidad de horas que paso sin ver a los míos, sobre todo tras tantos meses de estar con ellos a todas horas; pero así es la vida y al menos el horario es razonable, con lo que puedo desayunar con ellos y sobre las seis estoy en casa de nuevo.

Mañana empieza el colegio Javi y está encantado, a ver qué tal le va a él siendo "el nuevo".